Rompiendo el sistema
El 27 de enero de 2024, un ataque con dron impactó un terminal de exportación de gas natural licuado (GNL) en Ust-Luga, Rusia, cerca de San Petersburgo. El incidente, reclamado por la inteligencia ucraniana (GUR), interrumpió aproximadamente el 20% de la capacidad de exportación de GNL de Novatek, el segundo mayor exportador de GNL ruso. Este evento, que en apariencia es marginal en el flujo global de energía, es un síntoma de una estrategia más amplia: los ataques a infraestructuras energéticas para desestabilizar flujos y aumentar costos tanto para Europa como para Rusia. Ucrania, privada del acceso directo al mar y dependiente de ayuda occidental, ha transformado su estrategia en una extensión del campo de batalla a las infraestructuras críticas de su adversario, y potencialmente de quienes lo apoyan.
Mecánica del poder
Ust-Luga, como otros terminales GNL a lo largo de la costa báltica, es un nodo crucial en una red logística compleja. El gas natural extraído en los yacimientos siberianos se licua, se transporta por mar en barcos tanqueros especializados (las llamadas “LNG carriers”) y regasificada para su distribución en Europa. Esta cadena depende de un conjunto de elementos interconectados: la capacidad de extracción y licuefacción, la disponibilidad de barcos tanqueros, la capacidad de los terminales de regasificación y la estabilidad de las rutas marítimas. El Nord Stream, antes de su sabotaje en 2022, representaba una vía directa que evitaba a los países de transito y reducía costos. Su inoperatividad ha obligado a una mayor dependencia de los terminales GNL y rutas marítimas más largas, aumentando los costos de transporte y la vulnerabilidad a los ataques.
Fricción y asimetría
El ataque a Ust-Luga ilustra una asimetría creciente. Rusia, siendo un gigante energético, es vulnerable a los ataques dirigidos a sus infraestructuras de exportación. Ucrania, con recursos limitados, puede causar daños significativos a bajo costo, aprovechando la dependencia de Europa del gas ruso. Esto crea una fricción constante, aumentando los precios de la energía y desestabilizando mercados. Europa, por su parte, se encuentra en una posición difícil: por un lado, debe apoyar a Ucrania; por otro, proteger sus propias infraestructuras energéticas y garantizar suministros estables. El costo de esta protección recae sobre los consumidores, a través de precios más altos y mayor volatilidad. Alemania, en particular, ha sufrido un fuerte impacto desde la suspensión del Nord Stream, teniendo que diversificar sus fuentes de suministro e invertir en nuevos terminales GNL.
Prueba de doctrina
La teoría de la “geopolítica del gas” de Marcel Merle, que subraya el papel estratégico del gas natural como herramienta de poder e influencia, se confirma en este escenario. Merle sostuvo que el control de las recursos energéticos y de las rutas de tránsito otorga un beneficio significativo a los estados exportadores. Sin embargo, el ataque a Ust-Luga demuestra que este beneficio puede erosionarse por ataques dirigidos a infraestructuras, haciendo menos absoluto el control del grifo. La doctrina resulta incompleta: la vulnerabilidad infrastructural introduce un elemento de imprevisibilidad y asimetría no completamente considerado.
Horizonte táctico
En los próximos 6 meses, es probable que Ucrania continúe concentrándose en ataques dirigidos a las infraestructuras energéticas rusas, buscando maximizar daños y aumentar costos. Rusia, por su parte, podría intensificar los ataques a las infraestructuras ucranianas, especialmente aquellas relacionadas con la exportación de trigo y otros productos agrícolas. Monitorear la actividad naval en el Mar Báltico y el Mar Negro será crucial para evaluar la escalada del conflicto. El aumento de precios del GNL y del petróleo, combinado con la incertidumbre geopolítica, podría llevar a una mayor volatilidad de los mercados energéticos y a un aumento de costos para los consumidores europeos.
Cierre
El ataque a Ust-Luga no es un evento aislado, sino un signo de un cambio más profundo en la naturaleza del conflicto. La guerra se libra ya no solo en el campo de batalla, sino también en las infraestructuras críticas, rutas de tránsito y flujos energéticos. La demanda estratégica no es si Rusia ganará o perderá, sino si Europa será capaz de adaptarse a esta nueva realidad y garantizar un suministro energético estable y seguro en un mundo cada vez más interconectado y vulnerable.
Foto de taichi nakamura en Unsplash
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